Esta mañana, al bajar a hacer unas compras, me he encontrado en la calle con doña María. María es una de mis clientes más o menos habituales, aunque hacía mucho que no nos veíamos. Por eso (y porque es una mujer encantadora) me ha invitado a tomar un café y conversar un rato.

María es una bibliotecaria ya jubilada. Al principio, cuando empezó a venir por la librería, me ponía un tanto nerviosa. Era muy parca en palabras: traía su listado de libros, siempre muy seria y no daba pie a conversación alguna. Yo cogía la lista, le buscaba los libros o se los encargaba, le hacía una factura y le deseaba un buen día. Pero un día hubo un cambio. En el papel que me entregó me encontré con El mundo de ayer de Stefan Zweig y no puede evitar exclamar: “¡El mundo de ayer! En esta librería todas somos devotas de este libro.” Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y los ojos se le iluminaron detrás de sus pequeñas gafas redondas, siempre sujetas al cuello por una pequeña cadena dorada (detalle que, sin duda alguna, todos esperamos en una bibliotecaria). “Ese libro no es para la biblioteca. Quiero regalárselo a un amigo. Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he regalado.” Y me vi en la necesidad de contarle que yo hacía lo mismo.

A partir de entonces fuimos poco a poco cogiéndonos confianza. María ya no venía solamente con el listado para la biblioteca: a veces se acercaba para preguntarme qué había leído en las últimas semanas, o llegaba alegre y pizpireta para contarme que acababa de leer una novela tan maravillosa que necesitaba que yo también lo hiciera para comentarla juntas.

Hoy, mientras tomábamos café en una pequeña panadería que hace esquina, junto a la cristalera donde pensábamos que más pronto que tarde íbamos a ver cómo empezaba a llover, me ha dicho que tenía que darme las gracias por una de mis últimas recomendaciones. Fue una que le sorprendió especialmente, porque le pedí que fuera a otra librería a comprar Goethe en Dachau de Nico Rost. El no ser dueña de una librería tiene este tipo de cosas: una no puede vender determinado catálogo de algunas editoriales si tu jefe no da el visto bueno a otras formas de distribución que no son las convencionales. Pero quería de corazón que María leyera ese libro y, aunque nada me aseguraba que fuera a hacerme caso, se lo pedí. De esto ya hacía unos cuanto meses y me había olvidado del tema por completo.

María me ha confesado que se había enamorado perdidamente del libro de Rost. “No sentía algo así desde El mundo de ayer, Silvia. Ese libro ha sido tal mazazo en mi vida que ha habido un antes y un después de su lectura. Te abre los ojos al mundo, a la realidad más cruda. Y te demuestra algo que unos pocos a los que nos llaman locos sabemos: que la cultura, en última instancia, nos salva. Nos salva de muchas cosas.” No he podido más que asentir, porque eso fue exactamente lo mismo que sentí la primera vez que leí a Nico Rost.

María estaba contenta. Me ha contado que ahora, con la jubilación, puede por fin dedicarse a leer durante horas todos esos libros que durante tantos años de trabajo no ha podido ni tocar. “Qué paradoja, ¿verdad? ¡Siendo bibliotecaria!” Así que ni corta ni perezosa leyó Reportajes antifascistas de Rost y Más allá de la contienda y los precursores de Romain Rolland, ambos editados también por Contraescritura. Rolland le ha apasionado, me ha dicho que un escritor tan lúcido no debería haber caído en el olvido. “Espera unos meses, María, que Contraescritura va a darte más de una sorpresa”, le he contestado. Y ella se ha ajustado las gafas sobre la nariz con una risita jubilosa que aún resuena en mi cabeza horas después de nuestro encuentro.

No he podido evitar decirle que hacía demasiado tiempo que no la veía por la tienda. Su respuesta ha sido que las dos últimas veces que había ido yo no estaba.“¡Pero si me paso el día allí! ¡Solo me faltan unos grilletes bajo el mostrador!”, le he soltado con una carcajada. Y ella ha hecho un gesto rotundo con la cabeza: “Creía que igual ya no trabajabas allí y no pensaba volver. Las librerías, Silvia, son sus libreros. Las librerías son las personas.” Me ha preguntado entonces por la Feria del Libro y yo he encogido los hombros. “Estás cansada”, me ha dicho. Y he tenido que decirle que sí. Que el negocio, en mi caso y para mí, había cambiado demasiado. Que ahora prima llevar a la caseta el top de ventas por encima del criterio del librero de a pie. Que en esta ciudad, al menos, en casi todos los puestos se encuentra lo mismo y que eso me apena. Le he contado que prefería aquella época en la que la mayoría de la gente se acercaba a descubrir cosas nuevas porque los jefes te lo permitían y que ahora, por eso, prefiero pasear por la Feria del Libro Antiguo y esconderme de la otra haciendo guardia en la tienda.

También me ha preguntado por mis últimas lecturas y le he hablado con pasión de Mathilda de Mary Shelley y de mil cosas absurdas: por ejemplo, de cómo me he sentido siempre identificada con Jane Eyre, a lo que ella ha respondido hablando de cómo le hubiera gustado vivir en el Paris del fin de Siècle. No sé qué ha visto en mi mirada, pero me ha pedido que no esté triste, que las cosas acaban pasando. Que nada perdura y que nunca deje de encontrar consuelo en la lectura.

Cuando nos hemos despedido con un abrazo se ha despejado el cielo y han salido unos leves rayos de sol. De pronto, al echar a andar, me he descubierto caminando hacia la biblioteca municipal. He rebuscado en sus estanterías y he cogido un ejemplar del Werther de Goethe. Me he imaginado a María hace unos años aquí, caminando entre estas paredes, aunque nunca le he preguntado en qué biblioteca de la ciudad había trabajado. Y he decidido aferrarme al libro, sentarme en una mesa, abrir sus páginas y desear con todas mis fuerzas que todo pase y que mañana sea, de verdad, otro día.



María was originally published in Papel en Blanco on Medium, where people are continuing the conversation by highlighting and responding to this story.